Ensayo

 

LOS VASTAGOS DE NARCISO

 

El hecho de enamorarse de sí mismo no fue impedimento para que
Narciso tuviera muchos hijos; al contrario: encontrado ya el verdadero amor, no
eran necesarios montajes ni entremeses complicados. Ellos, herederos de su
legado, aprendieron con agudeza sus artimañas, hasta gozar de una técnica
altamente perfeccionada que sólo el paso de los siglos ha sabido dar forma y
que continuará durante la eternidad, auto perfeccionándose en su propia
complejidad, redefiniendo sus propias fronteras y a sus propios ideales
abstractos, sin perder su idiosincrasia, que lejos de haber desaparecido, muta y
traspasa fronteras insospechadas, acercándose a un punto de no-retorno que el
mismo Narciso hubiera envidiado.
El ego ha desplazado al ser humano como centro del universo, todo gira en torno
a él y nada fuera de él. El ser humano, ya liberado de las cadenas del pasado,
vuela a toda velocidad hacia la libertad plena, pero este vuelo es introspectivo, y
la sociedad actual es el más claro reflejo de ello. En el pasado las altas
estructuras imponían al individuo reglas uniformes, que suprimían al máximo las
expresiones y preferencias singulares, una sociedad que se regía en su forma
por leyes homogéneas y universales, bien por la “voluntad general”, las reglas
fijas, las convenciones sociales o el imperativo moral y demás ideologías de
carácter general. Desde hace décadas surgen valores e ideas que coronan al
individuo y su peripecia interior, como el centro de análisis, un individuo que
busca a toda costa libertad, la legitimación de placer, lo inmediato, que se

preocupa sobre todo por todo aquello que le afecta directa o indirectamente
despreciando toda historia en la que él no es actor principal.
Asimismo, las grandes batallas del pasado se marchitan; la era de las
revoluciones quedó masacrada bajo la sonrisa cínica de unos individuos que
buscaban a toda costa ser libres y felices, pero una libertad y una felicidad
individuales, que no incluye asuntos colectivos, o sólo aquellos generales que se
cruzan con nuestro -yo.
Así, este individuo se rige por la fugacidad: nada importa si no es el ahora, si no
me afecta a mi yo en todo su esplendor. El arte es un fiel reflejo de ello, se
devoran modas cada vez más pasajeras, se consume arte incomprensible, o que
no importa entender, ya que lo único que les importa es su estética, lo externo.
Esta banalización y superficialidad narcisista se ha extendido por muchos
ámbitos de la vida social. Podemos observar gimnasios repletos de gente
buscando aprobación, que se sumergen en una travesía odiosa para “cultivar”
su cuerpo, pero que luego no soportan el martirio de afrontar su propia realidad
interna; centros comerciales abarrotados de gente que compra impulsivamente
para ser feliz, o al menos para serlo más que otros, porque lo cierto es que la
felicidad sólo es una mera cuestión comparativa. Asimismo, se ha producido un
aumento de las operaciones de cirugía estética, la abundancia de personas que
acuden a coach personales, el éxito en ventas de los libros de auto-ayuda y
sobre todo la constante y repetitiva imagen del ser perfecto que reproducen los
medios de comunicación: “Mens sāna in corpore sānō” (Mente sana en cuerpo
sano) que nos muestra la senda de este individuo que busca a toda costa ser
feliz, bajo el concepto de felicidad que la sociedad impone, un concepto
narcisista y comparativo en el que aparentemente no tienen cabida asuntos

sociales en los que el individuo no esté relacionado personalmente de cierta
manera, no hay preocupación alguna por los asuntos de las demás personas,
por la pobreza extrema de determinados países, por las huelgas, por las
injusticias, por la discriminación. Porque lo cierto es que da la sensación de que
a los hijos de Narciso poco les importan las batallas del pasado, la única
revolución que les importa, es la interior, la suya propia.

En una perspectiva jerárquica, a este individuo podemos diseccionarlo en dos
categorías: el -yo- absoluto: el yo que ahora lee este texto, el inmediato y desde
ahí se parte en diferentes grados hacia su -yo- relativo: el yo de dentro de un
mes, de un año, de diez. Estos grados cuanto más alejados del -yo absoluto, es
decir cuanto más lejanos al presente, menos importancia tienen para el propio
individuo. Los bastardos de Narciso ya no solo no son capaces de preocuparse
por otras personas, sino que ni siquiera tampoco por ellos mismos en el futuro,
porque supondría en cierta medida, un acto de empatía. Prueba de ello parecen
ser las adicciones, el individuo se ahoga en alcohol, tabaco, drogas sabiendo a

ciencia cierta que le perjudicará a su salud física y psicológica, pero a su yo-
absoluto no le importa, es un problema que ya le corresponderá a su yo-relativo

resolver.
En cuanto los movimientos sociales esto también ha afectado a su desinfle, que
lleva años descendiendo en cuanto a apoyos de la ciudadanía se refiere, sobre
todo en España. El individuo parece que ya no quiere cambiar una circunstancia
social de carácter general que puede llevar décadas en conseguirse, lo que
quiere, lo quiere con un efecto inmediato, es por ello por lo que muchos expertos
señalan que el individuo desintegra ese movimiento en pequeñas áreas y elige

las que más le afecten directamente a él, a su yo-absoluto. Prueba de ello puede
ser el hecho de que los movimientos sociales estén plagados de personas que
se vean directamente afectadas por la situación que quieren cambiar o que la
intención de voto a un partido político u otro cambie dependiendo de la situación
económica de cada votante.
De igual modo, a pesar de la fuerte consistencia de su narcisismo, encontramos
contradicciones en el comportamiento del individuo moderno. En primer, pese a
sólo importarle su propio reflejo, necesita de una justificación “ética” de sus actos,
en un intento de demostrarse a sí mismo y a los demás, que es de una
determinada forma, dado que no puede aceptar su realidad interior, una realidad
vacía y podrida, una realidad que su círculo cercano tacharía de egoísta, y que
le llevaría al repudio de éstos. Porque lo curioso de los vástagos de Narciso, es
que no quieren ser lo que realmente son, pero no pueden evitarlo. Esa forma de
ser narcisista está tan integrada en su organismo que no pueden luchar contra
ella, porque lo hacen desde la misma fuente que los emana, desde su ego. No
saben cómo actuar distinto porque no lo han hecho nunca, ni conocen
precedentes de un comportamiento distinto, y es ahí cuando el papel de las
apariencias cobra importancia. Porque Narciso, en su época era un ser sin igual,
pero la realidad posmoderna en la que nos encontramos hace de las relaciones
humanas una batalla: Narciso vs Narciso: el individuo egocéntrico tiene que
convivir con otros como él, y ese es el seno del conflicto que se posterga a todos
los campos que colindan con el social. Las relaciones humanas son el fruto del
choque entre el yo- absoluto de cada uno de los individuos: una guerra
despiadada que lejos de parecerlo se camufla bajo las distintas facetas de las
relaciones entre los individuos: amistad, amor, odio, todas ellas regidas bajo las

órdenes del -ego absoluto. En esta panorámica, los hijos de Narciso han
aprendido a desenvolverse, han ido perfeccionando las técnicas que hacen que
parezcan naturales, se sumergen en un autoengaño, que les ciega porque temen
lo que tienen dentro de sí mismos, temen que los demás descubran cómo son
realmente. Porque Narciso en su historia, rechaza y humilla a Eco sin ningún
pudor, pero ese comportamiento no tendría cabida en la época actual, porque
los hijos de Narciso necesitan el sustrato que mantiene vivo su -ego: el
reconocimiento de los demás. Desde los círculos más íntimos hasta los más
externos, los hijos de Narciso necesitan el reconocimiento de aquellos que el
selectamente ha escogido según su interés.
Esta guerra, Narciso vs Narciso es una danza de máscaras en la que los
bailarines se mueven bajo protocolos perfectamente diseñados, bajo reglas de
identidad, de comportamiento con las que ocultan el narcisismo que ninguno se
atreve a reconocer, que todos ocultan, que todos callan. Pero los herederos de
Narciso han aprendido, y ahora saben cómo actuar en este nuevo mundo,
conocen de la existencia de otros como ellos, y actúan a razón de esto, miden
sus pasos con cautela, y bailan al ritmo que la sociedad intuye que es el
apropiado, ni un paso más ni un paso menos porque quieren evitar el desdén de
otros que son como él. Pero ésta no es una danza muda, los hijos de Narciso
bailan al son del liberalismo económico que aviva la llama de esta guerra. Una
melodía sórdida y grotesca, que se funde con el narcisismo para formar un dueto
que está destruyendo nuestra humanidad. Algunos académicos expresan que el
consumismo, además de estar destruyendo los recursos naturales de nuestro
planeta, está alienándonos en términos sociales porque nos ciega, somos
incapaces de mirar que aquello que compramos tiene un coste más allá del

económico. Un claro ejemplo de esta relación entre narcisismo y capitalismo es
la explotación laboral que el mismo consumismo incentiva: personas explotadas
en muchos países del mundo para reducir los costes de producción, a fin de
hacer los productos más baratos, debida a la competencia entre empresas que
el mismo capitalismo incentiva, teniendo como punto de unión la motivación
narcisista que hace que las personas compren. Algunos académicos señalan
que esta motivación procede de la tendencia del capitalismo de crear
necesidades al consumidor, pero la realidad es que ésta es sin más una
materialización del pensamiento que tiene el narcisista sobre si mismo, y es por
ello por lo que trata de comprar más para que esta imagen material sea lo más
perfecta posible, tanto como la que tiene en su cabeza de si mismo. El tener un
producto, casa, objetivo o bienestar mayor o mejor que otros es una manera
física de demostrar que eres mejor que ellos. Así, parece ser que el narcisismo
actúa como seno del capitalismo, porque todas las relaciones de consumo, ergo
producción, derivan en primera instancia de este pensamiento egocéntrico.
En la actualidad, las nuevas generaciones están intensificando esta situación.
El individuo ya no se rige bajo las reglas racionales, ya no hay brújula que guíe
su comportamiento, es Narciso frente al vacío. Ni la religión ni las ideologías o
éticas que antaño modulaban su comportamiento ahora persisten en él. Hay un
vacío que ahora se llena con más narcisismo.
Esta expansión y proyección del -yo a cada una de las facetas de la vida,
podemos también verla reflejada a gran escala: Los estados narcisistas. La
lógica individualista de la que hablábamos antes también puede verse reflejada
en las relaciones entre estados, ergo entre sociedades. Las sociedades que se
asemejan en “valores” o en términos culturales y que actúan en conjunto frente

a otras que son distintas, porque tienen un pensamiento narcisista que las lleva
a preferir lo que más se asimila a ellas. Un ejemplo de ello parece ser la reacción
que provocan las muertes de determinados ataques terroristas. De esta manera,
la reacción que provoca un ataque terrorista en suelo europeo es distinta a la
que provoca una muerte en suelo iraquí. En el caso anterior, vemos como Europa
reacciona con más fuerza ante una muerte europea, y como lo hace de una
forma “silenciosa” ante una extraeuropea. Algunos académicos señalan que esta
mayor empatía viene promovida porque estas personas se sienten más próximas
a los que son más similares a ellos. Por lo tanto, da la sensación de que los hijos
de Narciso no sólo tienen poca empatía, sino que ésta es selectiva.

Asimismo, está expansión y proyección del yo, podemos observarla también en
los círculos más cercanos. Por lo general el círculo más cercano al individuo es
la familia, lo que nos dirige a la cuestión, ¿Es la familia la cuna del narcisismo?
Antes de responder a esta pregunta debemos primero analizar la familia en
términos más concretos. La familia es unión de sangre o son lazos de amor,
amistad o en términos más pragmáticos lazos legales, que unen a determinadas
personas más allá de lo que se entiende que deben ser las relaciones sociales.
La relación entre los bastardos de Narciso y su familia viene marcada en primer
lugar por la necesidad que tienen los hijos de Narciso de tener familia. Andrés
Maurois, novelista y ensayista francés, señalaba que “Sin una familia, el hombre,
solo en el mundo tiembla de frío”. Pero además esto se refuerza con la tendencia
en las familias a inculcar al niño desde los primeros años de vida una jerarquía
en la que primero se encuentra la familia y después el resto de las relaciones
sociales, dado que se entiende que tiene una mayor afinidad o similitud con ella.

¿Es entonces el narcisismo una extrapolación de esta primera jerarquía? Es
decir, una vez superada la familia, dado que el individuo ya independiente puede
subsistir sin ella, el individuo conserva esta jerarquía, pero ya no con su familia,
sino de sí mismo frente a la sociedad. La respuesta a ambas preguntas no puede
ser absoluta, son muchos los factores los que determinan el comportamiento de
un individuo, pero lo que sí está claro es que este razonamiento parece ser más
que una coincidencia.
Pero de lo que no hay ninguna duda es que la sociedad está navegando sin
timón ni timonel. La búsqueda de libertad de las personas está siendo asociada
a una tendencia narcisista e individualista, que poco a poco nos está robando la
humanidad, que nos está cegando como personas y que nos hace que no
seamos capaces de ver el mundo que nos rodea en toda su complejidad, así
como tampoco nos permite mirarnos hacia dentro cómo realmente somos.
Estamos alcanzando un punto de no retorno que está normalizando estas
relaciones, que naturaliza esta férrea batalla, esta danza de máscaras: Narciso
vs Narciso, Narciso frente al vacío. Sin embargo, los hijos de Narciso también
tienen sus armas, esta deshumanización de la que hablamos está siendo
contrarrestada con herramientas como la ingeniería social, los comportamientos
articulados, impostados, las reglas sociales; todo ello está maquillando la
naturaleza extremadamente narcisista que desde hace muchas décadas se ha
venido arraigando en el ser humano y que parece que ha venido para quedarse.
Los vástagos de Narciso derivan, divagamos sin rumbo. Ahora sólo queda
preguntarnos si tendremos el mismo destino que nuestro padre: morir ahogados
por culpa del embelesamiento que nos produce nuestro propio reflejo.

Entonces, ¿Está esta sociedad destinada a la extinción? ¿Es la historia de
Narciso un precedente de lo que nos espera como sociedad? La respuesta solo
la tiene la historia, porque la realidad es que quizás si observamos nuestros
propios actos descubriremos que ya hemos muerto como sociedad.